Han
pasado ya 15 años desde que los países de las Naciones Unidas plasmaran en la
Declaración del Milenio (año 2000) una serie de propósitos a los que
denominaron “Objetivos de Desarrollo del Milenio” (ODM) u “Objetivos del
Milenio”, cuyo fin era mejorar las condiciones de vida de las personas y salvar
la de aquellas afectadas por las enfermedades y el hambre. Un total de ocho
objetivos, divididos en una serie de metas, que habían de ser cumplidos antes
de 2015.
De
estos ocho objetivos, los siete primeros hacen referencia a la erradicación de
la pobreza, la educación primaria universal, la
igualdad entre los géneros, la mortalidad infantil, materna, el avance del
VIH/Sida y el sustento del medio ambiente; mientras que el último, con título “Fomentar
una Asociación Mundial para el Desarrollo”, trata de promover que el
sistema comercial, de ayuda oficial y de préstamo garantice la consecución de todos los anteriores.
Tomando como referencia el Informe 2014 sobre los Objetivos
de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas, que viene a comentar los
progresos alcanzados hasta el año de la publicación del mismo, se puede
observar que efectivamente han tenido lugar avances profundamente beneficiosos
para la vida de la gente. A modo de resumen, en el citado informe se destacan grandes
logros tales como:
- Se ha conseguido reducir a la mitad el porcentaje de población que vive en pobreza extrema
- La paridad entre los géneros está cerca de alcanzarse en la enseñanza primaria
- Se han realizado grandes avances en la lucha contra las enfermedades
- Ha mejorado el acceso a agua potable para 2300 millones de personas
- La participación política de las mujeres ha aumentado
- Etc.
Aun habiendo logrado avances significativos en estos
aspectos, en la actualidad (año final del plazo para la consecución) no todas
las metas se han alcanzado, y aún es mucho el esfuerzo y el camino que queda
por recorrer. A pesar de la disminución de la tasa de mortalidad y desnutrición
infantil, de la mortalidad materna, del hambre, y del aumento en la tasa de
escolarización, muy lejos quedan las cifras alcanzadas de las que se pretendían
conseguir. Y no digamos ya las relacionadas con la sostenibilidad del medio
ambiente que, lejos de progresar, han retrocedido, alcanzándose niveles de
emisiones tóxicas mucho mayores que en 1990.
Muchas han sido las críticas que los ODM han tenido a lo
largo de este tiempo, la mayoría relacionadas con que éstos eran demasiado utópicos o ambiciosos.
Otras cuestionaban su sustento, ya que consideraban que tras 2015 no se iba a
movilizar la misma cantidad de recursos para su consecución. Por esta razón,
los Estados miembros de las Naciones Unidas están en vías de definir los
“Objetivos de Desarrollo Sostenible” (ODS) como parte de la nueva agenda que
debe completar la labor de los ODM tras el 2015.
Si
bien es cierto que la consecución de todas metas puede resultar un tanto
utópica, también lo es que sin el esfuerzo y el compromiso de todos los actores
implicados (gobiernos nacionales, comunidad internacional, sociedad civil y
sector privado) lo es más aún. En los últimos años, los países desarrollados
han recortado de forma generalizada las ayudas al desarrollo en sus
presupuestos generales. Por ejemplo, España determinó una donación de 1814
millones de euros para la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) para el año 2014,
lo que significaba 234 millones de euros menos que en 2013, situando la ayuda a
los niveles de 1990. Así pues, el cumplimiento del octavo objetivo, basado en
la voluntad de fomentar una alianza mundial para el desarrollo, está lejos de
cumplirse. ¿Está esta tendencia relacionada con la crisis económica mundial que
atravesamos? Puede ser. Pero no es el único factor que lo determina. Como ya he
mencionado, el interés de los actores implicados resulta de vital importancia,
y mientras la implicación de los “agentes de cambio” disminuya, más lejos
estará la consecución de nuestra meta: una sociedad justa, equitativa,
igualitaria, y la calidad de vida de todas las personas.
